La Locura Falsa Del Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha

 

Sobre la locura de don Quijote se han escrito un numero grandísimo de páginas. No en vano la obra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es uno de los libros más leídos en todo el mundo y ha sobrevivido más de cuatro siglos gracias a la intuición de su autor, Miguel de Cervantes, para combinar de un modo inteligente, a la vez sarcástico e irónico, el tema de la posible locura del personaje principal, Alonso Quijano o su álter ego, Don Quijote de la Mancha. Esta maestría ha permitido que la obra evada la corrupción del tiempo y se muestre siempre fresca y abierta a la interpretación, dado que no podemos ni siquiera pensar en conclusiones que cierren la obra gracias a la múltiples interpretaciones que ha generado en cuatrocientos años de existencia; mucho menos aventurar de forma satisfactoria la definición psicológica del personaje principal, que se muestra polivalente entre las nociones de sueño, locura, cordura, inteligencia, bagaje cultural y normalidad.

En este sentido, el interés por considerar la obra suprema de Cervantes no escapa a las generaciones de lectores a través del tiempo, podemos apoyar esto con lo que nos plantea Manilla: “gracias a la teoría de la recepción literaria de Hans Robert Jauss y W. Iser, sabemos que un texto literario conlleva un potencial de significaciones que podemos considerar virtuales, solo capaces de hacerse realidad o evidenciarse en la imaginación del lector” (Manilla, 2004). Como mencionaba anteriormente, me parece inapropiado dar visos concluyentes de la (posible) locura de Don Quijote de la Mancha; es más, creo que no podríamos describir el perfil psicológico del personaje sin el riesgo de caer en simplicidades o resúmenes.

A lo largo de los cincuenta y dos capítulos de la primera parte, así como de los setenta y cuatro capítulos de la segunda parte, notamos que Don Quijote es un personaje tan incorruptible por su honor y por su defensa de sus ideales y virtudes humanas, además nos ha ensenado lo que somos o quisiéramos llegar a ser como seres humanos. La interesante anécdota de cómo un hombre viejo, de una aldea manchega, lector asiduo de los libros de caballerías y poca riqueza abre las posibilidades a su cordura y a su locura; a preguntar si quiere vivir lo que el tanto deseaba o verdaderamente perdió su juicio. ¿Es esta verídica locura, o es, mejor dicho, el atrevimiento del que la comete de volver la realidad en su realidad? No queda claro el límite entre lo uno y lo otro, sobre todo, cuando las aventuras siguientes serán patentes muestras de locura y lucidez o locura y cordura. En esta parte, es muy significativa la forma en que Alonso Quijano toma la orden de caballería en su primera salida. Es cuando un ventero lo “santifica” caballero andante:

“Advertido y medroso de esto el castellano, trajo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas, y leyendo en su manual como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano, y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él con su misma espada un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes como que rezaba.” (Cervantes, 1910)

Me resulta difícil creer que un hombre como Alonso Quijano, quien habla latín, conoce de la literatura universal, la filosofía de los griegos y la historia romana haya podido creer que, en la pequeña venta, que ni capilla tenia, lo hayan santificado como caballero andante. Este pasaje nos trae a la pregunta sobre la verdad de su locura en el deseo de vivir su historia.

Para abrir la discusión, me parece importante citar el problema que plantea María Zambrano sobre el personaje Don Quijote: “Y el misterio que circula por todo el libro, en el que se concentra la ambigüedad, es que Don Quijote esté loco y más que loco enajenado, encantado. No es uno solo simplemente, sino el individuo ejemplar de una especie de locura que ha aparecido y transitado por todas las locuras, aunque no con esa claridad y determinación: la especie de la locura que clama por ser rescatada, liberada” (Zambrano, 1975). Encuentro esta reflexión de la filósofa española interesante, ya que plantea que esta especial locura debe entenderse como una liberación de la propia experiencia. Don Quijote sería una muestra clara de esta razón poética, pues mezcla la intuición y la razón. Un hombre instruido en su cultura, en el conocimiento del mundo de su tiempo y la historia, al mismo tiempo que encuentra la necesidad de salir de lo mundano para lograr trascender en la experiencia de formar una nueva persona.

Según nos menciona Rodríguez (2005), aunque ha sido frecuente designar de loco a Don Quijote, su locura quizás solo sea aparente. Si Don Quijote hubiera sido un loco, tal vez ya habría sido olvidado. Quizás la obra de Cervantes solo sea un juego agonizante de locos y cuerdos, una lucha que se realiza entre los que siguen dos caminos distintos. Entonces hablamos no tanto de los contrarios razón y locura; sino de razón e intuición.

Saramago (2005) nos menciona que a Don Quijote no le bastaba con ir en búsqueda de otros lugares donde quizá le estuviera esperando la vida que él quería, para él era necesario que se convirtiera en otra persona, que el mundo alrededor de él también cambiara para el poder vivir lo que tanto quería. En este fragmento, Saramago se decanta por una particular lucidez de Alonso Quijano, quien se convierte en Don Quijote, no por locura, sino por dedicación para cumplir un sueño; vivir la experiencia que ha leído en sus libros de caballerías y transformar el mundo que está a su alrededor a disposición de esta nueva faceta de su propia persona. Con lo antes dicho podríamos hablar de una única forma de vida, dónde se puede transformar en lo que se quiere ser, para escapar así de la realidad. Dotar a nuestra propia vivencia de la grandilocuencia de volvernos otro personaje y recrear a su alrededor el mundo que quisiéramos vivir; las imágenes que quisiéramos entender, ya que la realidad es una en tanto está frente a nosotros. Resulta importante recordar aquí una frase dicha por Don Quijote, cuando se creía encantado y enjaulado para regresar a su aldea: “Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia” (Cervantes, 1910). Contra toda oposición, Don Quijote asume aquí su “falsa locura” y se deja llevar con facilidad en aquella jaula, pues así deja a la voluntad de otros el final de su segunda salida.

En palabras de Diego Martínez: “Don Quijote no es un tonto sino todo lo contrario, un idealista inteligente, cuya locura, por tal, se parodia. En la obra de Cervantes […] lo que se inicia como parodia, acaba por constituir un panegírico, en el contraste violento de la personalidad del idealista con la realidad con la que choca”. Don Quijote es el idealista, el que imagina a su amada Dulcinea como él quiere y el mismo que mezcla sueños y realidades con divertimentos para su propio provecho. Tras su particular descenso a la Cueva de Montesinos, Don Quijote discurre con Sancho:

“Como me quieres bien, Sancho, hablas desamanera —dijo don Quijote—; y, como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa.” (Cervantes, 1910)

Idealismo puro que requiere intuición y sueño, pero al mismo tiempo, lucidez de afrontar su determinación y defensa ante los demás. Su compañero, Sancho, también se debate entre estas dos características opuestas; sin embargo, creo que, finalmente, guarda más la pasión de su amo como propia. Decididamente, estos dos personajes transitan alrededor de sus aventuras con la voluntad de vivir un sueño: Don Quijote el que ha creado, Sancho el que ha creído. Desde la aventura de los molinos de viento hasta la pelea con el falaz Caballero de la Blanca Luna, Don Quijote juega su papel de vivir una ficción dentro del mundo real.

Sin embargo, conforme avanza el texto y llega a su fin, se llega poco a poco a un abandono gradual de esta doble realidad, para quedar con la realidad, el hombre del pueblo de la Mancha con su amigo Sancho Panza. Don Quijote vuelve en este camino a ser Alonso Quijano; es fiel al juramento de su andante caballería y, después de su derrota, decide regresar a la realidad de la que sus aventuras eran una evasión. Cervantes afirma que Alonso Quijano regresa a la cordura, pero esto no se puede determinar, pues está consciente de su pasado y de las aventuras vividas. Es de dudar si otros locos pueden regresar con facilidad a una aparente realidad.

Después de analizar la tensión entre locura y lucidez en el personaje principal de la obra de Miguel de Cervantes, se puede decir que no puede existir una conclusión de la salud mental de Don Quijote. El personaje es de tal profundidad que recorre entre la lucidez y lo ilógico durante toda la obra, con aspecto de inocencia y de locura, pero también con una amable inteligencia y una juiciosa moral. Estas particularidades de Don Quijote recrean la profundidad de la obra literaria, que como se mencionó en la introducción, las generaciones seguirán encontrando en este libro una fuente inagotable de significados que adaptarán a las realidades de su momento histórico. Creo que la enseñanza de Don Quijote, además de la revolucionaria confirmación de los ideales, recae en la más humana actividad que puede existir: ser sí mismo. Esto no es una simple tarea que se da por sentada, pero a la misma vez es una responsabilidad que se carga durante el trayecto de la vida y que no cesa de afirmarse con cada una de las acciones. Alonso Quijano es un fiel reflejo de esto y ha tomado la opción de ir contra todo su entorno y transformarlo en la realidad de su propio mundo.

Don Quijote será siempre el viejo Alonso Quijano, como los dos lados de una misma moneda; que también permite ver la dualidad de la existencia que se debate entre la razón y el conocimiento; dos ámbitos de la misma vida que se conectan con el ser mismo. Y es importante tener presente el consejo que da Don Quijote a Sancho: “Has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”. Alonso Quijano fue más allá y generó el mundo que quiso para sí. Esto nos lleva a pensar ¿qué realidad es la más real del personaje? ¿Su caballería andante o su vida rústica?

  

11 Jun 2021
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