Eucarástía: Iniciación Cristiana y Sacramento de la Salvación Integral

Intrioducción

La iniciación cristiana comporta una serie de compromisos que han de ser vividos en la vida diaria, es decir, se deben hacer efectivos. Conocer la manera como los jóvenes se acercan a participar del Sacramento de la Eucaristía y cómo este sacramento influye en sus vidas lleva a preguntas como: ¿Sienten los jóvenes que la Eucaristía tiene algún impacto en sus vidas?, ¿Cómo se ve influenciado el proyecto personal de vida?, ¿qué desafíos sienten al participar de ella?, ¿cómo la comprenden y viven?, ¿cómo les permite ser jóvenes esperanzados y creyentes en medio de una sociedad juvenil que pareciera no tener sentido de la trascendencia? ¿Cómo ven los jóvenes su salvación integral? Seguro que hay muchos interrogantes y habrá otros de mayor peso.

La Eucaristía implica toda la vida, pues a ella vamos para dar gracias a Dios y al mismo tiempo, vamos para confrontar nuestro camino discipular. Desde allí somos lanzados a ser otros cristos que salen a desgastarse por sus hermanos. Los testimonios que tenemos de ella a lo largo de estos veintiún siglos nos recuerdan la continua invitación del Señor a participar de este banquete que genera no solo espacios de comunión, solidaridad y fraternidad, sino que además nos recuerdan que ese alimento de Vida eterna empieza a tener efectos desde el momento presente (cf. Jn 6).

La participación de la “mesa del Señor” no debe ser un mero rito que nada tiene que ver con la propia realidad personal. No debe convertirnos en sujetos pasivos o meros espectadores que desligan el quehacer diario de la fe que se dice profesar. Al contrario, la participación tiene que ser viva, eficaz, consciente, comprometedora, voluntaria y convencida. Debe generar comunión de vida consigo mismo, con la comunidad y con Dios, al tiempo que ha de apartar de aquello que desdice y atenta contra la comunión (cf. 1 Co. 10, 16 – 21).

Lo anterior, lleva a reconocer en la Eucaristía el carácter de comida que trasciende esta realidad, es decir, no es un simple acto de celebración comunitaria sino que además posee un don, y ese don es la Vida eterna que ofrece Jesús y se comunica cada vez que se acoge y participa con una conciencia clara de nuestra propia existencia, pero sobre todo con la conciencia de “la liberación traída por Cristo que lleva a desarrollar la propia vida como ofrenda” (Benedicto XVI, 2007), como proyecto de felicidad.

Si nuestra vida tiene sentido con algunas sencillas o simples motivaciones, descubrir la bondad de Jesucristo al hacerse nuestro alimento debería llevarnos a llenarnos de mayor entusiasmo, pues tenemos a quien asumió nuestra condición de humanos, pero no solo eso, sino que quiso quedarse para hacernos hermanos y reunirnos en torno a una comida que es comida de salvación, comida de liberación, comida festiva, que celebra, recuerda y actualiza no solo su entrega sino resurrección. Jesús se hace vida rota, vida entregada, vida ofrecida voluntariamente y por amor. La Eucaristía desafía a entregar total y completamente la vida a favor de los demás como muestra de esa adhesión al Señor que da fruto (cf. Jn. 15, 5).

La metodología del presente trabajo es de orden cualitativo, cimentado en el análisis documental con un alcance descriptivo-reflexivo. Se unen además elementos explicativos y propositivos.

En primer momento se desarrollará la fundamentación Bíblica de la Eucaristía. En el Antiguo Testamento una comida marcó el inicio de un camino hacia la liberación, hacia la tierra prometida y esto recuerda la acción concreta de salvación del Dios del pueblo de Israel (cf. Ex. 12). En el Nuevo Testamento, antes de la Institución de la Eucaristía, Jesús tiene una serie de momentos en los cuales comparte la comida con publicanos y pecadores al punto de ganarse el calificativo de “comilón y borracho” (Mt. 11, 19). Si nos fijamos bien lo que hicieron esos encuentros alrededor de la comida fue manifestar la acogida hacia aquellos que no experimentaban la liberación o salvación de Dios.

En un segundo momento se desarrollará el concepto de Sacramento de la Eucaristía en cuatro presupuestos: Conocer y comprender la Eucaristía como comida del Señor, sacramento del encuentro, Eucaristía: escuela discipular y sacramento de salvación integral. Aquí se tendrá como base lo hallado en las distintas fuentes bibliográficas mediante las ecuaciones de búsqueda en bases de datos especializadas, y libros.

En tercer momento se hará una lectura de la realidad de los jóvenes a partir de lo hallado mediante el cuestionario semiestructurado. Para tal efecto se procede a analizar y reflexionar sobre lo que los jóvenes dicen, afirman, creen, viven, sueñan. Se entablará la relación con la propuesta o desafío que plantea la Eucaristía y a partir de ello se orienta hacia la vida de los jóvenes.

Finalmente, se indican las implicaciones teológico-pastorales que se han de tener en cuenta para acompañar adecuadamente a los jóvenes que se preparan para confirmar su fe y ser testigos del Señor Jesús.

Marco Teorico

 Sobre el Sacramento de la Eucaristía se ha escrito abundantemente a lo largo de estos veintiún siglos del cristianismo (Puchades, 1972; Ramírez, 1978; Borobio, 2000; Hasbun, 2004; Lekan, 2006). Al realizar un rastreo acerca de la Eucaristía podemos encontrar los fundamentos bíblicos, y a esto se le suma el aporte de la Patrística tanto oriental como occidental de importantes expositores como Justino, Juan Crisóstomo, Basilio, Ambrosio, Agustín (Neri, 1998). Durante la Edad Media, debido a las controversias desatadas por Lutero y su reforma, la Iglesia se dio a la tarea de hacer unas clarificaciones sobre el tema y da respuesta mediante el Concilio de Trento, cuya teología sobre la Eucaristía estuvo presente hasta el Concilio Vaticano II. Con el Concilio Vaticano II se logra un punto alto dentro de las definiciones acerca de este sacramento, al señalar la Eucaristía como la “fuente y culmen de la vida cristiana” (LG.11; CEC. 1324).

Diferentes autores como Umberto Neri (1998), Dionisio Borobio (2000), Julián López (2005), Juan Aldazábal (2007), entre otros, han dedicado libros a hablar acerca de la Eucaristía. Cada uno de ellos ha hecho aportes significativos a la teología eucarística enmarcados en componentes bíblicos, patrísticos, eclesiológicos, litúrgicos, teológicos, pastorales y antropológicos. Al mismo tiempo, numerosos artículos de revistas (Codina, 2006), (Albarracín, 2006), (Zapata, 2006), (Pellitero, 2008), (Berríos, 2013), (Budde, 2014), (Phillips, 2017), en distintos idiomas han ampliado el espectro de estudio y reflexión acerca del Sacramento de la Eucaristía.

Origen de la Eucaristía. Fundamentación Bíblica: prefiguración en el Antiguo Testamento

Si bien bíblicamente es el Nuevo Testamento el que trae los relatos en los cuales está sustentada la Institución de la Eucaristía: Lc 22, 7 – 20; Mt 26, 17 – 29; Mc 14, 12 – 25; 1 Co 11, 23 – 26, desde el Antiguo Testamento se narran un número significativo de relatos en los cuales la comida es un signo ante el cual se tejen muchas relaciones y se dan acontecimientos trascendentales. Entorno al compartir el alimento se sellan alianzas (cf. Gn. 26, 30; Lv. 2, 13; Nm. 18, 19; 2 Cr. 13, 5). El comer está impregnado de un significado especial ya que comer con el otro crea fraternidad, confianza. No siempre se come igual. Hay comidas comunes y corrientes y hay comidas que indican que hay fiesta.

Sin duda, una de las comidas más importantes en el Antiguo Testamento es la comida de Pascua (cf. Éx. 12, ss). Esta comida marca el final de un ciclo de la vida del pueblo sometido a la esclavitud en Egipto y los lanza a una nueva realidad que es la de la liberación y dirección hacia la tierra prometida. Esta comida es punto fundamental ya que deja en evidencia todo el plan de salvación de Dios para con su pueblo escogido.

Esta comida en particular marca el fin de un período de dolor y el inicio de uno dirigido y acompañado por Dios. Aparece el sacrificio del cordero, el cual hay que comer antes de salir para tener fuerzas necesarias para este camino y junto a este los panes ácimos. Estos dos elementos constituyen una unidad que rompe con una historia triste y se abre a la novedad de la propuesta del Señor de la libertad.

Realización en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento trae los relatos de una experiencia que marcó profundamente la vida de las primeras comunidades cristianas. Hace énfasis en una comida particular y es la de Jesús con sus discípulos, sus gestos, sus palabras y su invitación (León-Dufour, 1985; Zapata, 2006). Principalmente son cuatro los relatos que nos hablan de esa comida. Encontramos, entonces, a los tres evangelios sinópticos y a Pablo. Por su parte en el evangelio de san Juan no se halla propiamente un relato de la institución de la eucaristía, pero sí un capítulo que se ha denominado “el discurso del pan de vida” (cf. Jn. 6), (Aldazábal, 2007).

Antes de llegar a ese relato particular, los evangelios narran una serie de momentos en los cuales Jesús compartió la comida con diferentes personas. Esos relatos revelan la naturalidad con la cual el Maestro se acerca y comparte no solo el alimento sino también la vida (Borobio, 2000; Codina, 2006; Zapata, 2006). La comida es don del encuentro con el otro y es signo de acogida y cercanía.

El Nuevo Testamento retoma el simbolismo del cordero y del pan pascual y muestra cómo Jesús se hace vida rota, vida entregada, vida ofrecida voluntariamente por amor. La comida del Señor hace memoria de una nueva Pascua que despliega su obra de liberación en quienes emprenden el camino de Jesús (cf. Sacramentum Caritatis, 2007, nn. 9 – 11).

Jesús se hace pan partido y compartido, en vistas de ser acogido por los discípulos en su interior. Él inaugura la Alianza Nueva, la vida nueva, la vida eterna en comunión con la misma vida del Padre claramente expuesto en el evangelio de san Juan 6, 54 – 58:

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente»”

¿Qué es el Sacramento de la Eucaristía?

Puede servir una definición de sacramento: “Signo ritual de una realidad invisible y sagrada destinada a santificar a los hombres” (Brosse, Henry, & Rouillard, 1986, pág. 668). Eso implica que son elementos comunes y corrientes del día a día del ser humano pero que son llevados a una dimensión trascendental y a través de ellos se nos comunica la gracia. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de “signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual” (n. 1084), y para hacer más amplia esta definición el sacramento, o los sacramentos, son “[…] signos que remiten a una realidad fundante […]” y “[…] remiten más allá de sí mismos […]” por lo tanto, “[…] adentran en la historia que parte de Cristo […]” (Ratzinger, 2014, págs. 145 – 147).

Podemos hablar del signo sacramental en una triple dimensión: la de pasado, presente y futuro. Pasado: diversos momentos de la vida de Jesús (gestos y palabras); presente: rememora o actualiza el misterio de Cristo, y futuro: anuncia y prefigura el don de la salvación del hombre (Borobio, 2000; Ratzinger, 2014). El bautismo es la puerta de inicio a la fe, la Eucaristía es la cumbre de los sacramentos y de la fe. La Eucaristía es el Sacramento por excelencia. Es signo anunciador y santificante. Es Cristo mismo quien se hace presente (cf. CEC. 1212; 1324).

El término Eucaristía procede del griego: “Eὐχαριστία eucharistia, oración de acción de gracias, acción de gracias; oración de alabanza (en una comida)” (Balz & Schneider, 1996, pág. 1695). Es Ignacio de Antioquía (110 d. C.) y Justino (150 d. C.) quienes “a través del nombre “eucaristía” describen el encuentro de la comunidad en torno a la fracción del pan” (Rossano, Ravasi, & Girlanda, 1990, pág. 578), y se va quedando a lo largo de la historia del cristianismo.

El sacramento tiene varios nombres que ayudan a comprender mejor su sentido y significado, cada uno de ellos, a su manera, recuerda un elemento fundamental del mismo. Entre estos distintos nombres tenemos: “Banquete del Señor” (cf. 1 Co 11,20); “Fracción del pan” (cf. Hch 2,42.46; 20,7.11); “Asamblea eucarística (synaxis)”; “Memorial”; “Santo Sacrificio”; “Santo Sacrificio de la Misa”; “sacrificio de alabanza” (Hch 13,15; Sal 116, 13.17); “sacrificio espiritual” (cf. 1 Pe. 2,5); “sacrificio puro” (cf. Ml 1,11) y “santo”; “Santa y divina liturgia”; “Santísimo Sacramento”; “Comunión”; “Santa Misa” (CEC. 1328 – 1332). Cada uno de los nombres está anclado a la Escritura o a la tradición eclesial a largo del tiempo (Borobio, 2000, págs. 4 – 5).

Eucaristía: comida del Señor

Anteriormente hemos visto el valor del compartir la comida. Hay que señalar además que esta es un momento de alegría y de grandes anuncios. No solo se come para subsistir, sino para crear comunión. Las comidas de Jesús, según el evangelio, eran momentos oportunos para la buena noticia, para mostrar el amor de Dios y su misericordia.

¿Con quién come Jesús? Las comidas de Jesús tienen diversos participantes. Come con sus discípulos (cf. Jn. 21, 4 – 12), con los publicanos y pecadores (cf. Mt. 9, 10 – 13), con sus amigos (cf. Mc. 14, 3 – 8), al punto que fue tildado de comilón y borracho (Mt. 11, 18). Cada una de estas comidas o de estos banquetes se convirtieron en momentos para descubrir y recordar al Abbá. Con esta actitud Jesús anuncia la llegada del Reino de su Padre: como reino sin fronteras para el perdón y la salvación, como comunidad nueva sin discriminación externa ni exclusiones ficticias. Jesús, a la vez que convierte el banquete o comida en signo de la llegada del Reino, al sentarse y comer con los pecadores lo convierte también en signo de reconciliación, de comunión y participación en los bienes mesiánicos, y, en definitiva, en signo anticipador de lo que después sucederá en el banquete eucarístico. (Borobio, 2000, pág. 10).

Eucaristía: Sacramento del encuentro

La comida es el pretexto a través del cual se suscita un encuentro personal con Jesús a tal punto que muchos de estos encuentros terminaron por cambiar la vida de aquellos que compartieron con él. “La comida crea comunidad” (Ratzinger, 2014, pág. 142). La Eucaristía por tanto, logra crear comunión. Es el mismo Jesús que nos sale al encuentro, camina con nosotros, nos explica las escrituras y parte para nosotros el pan como lo hizo con los discípulos de Emaús (cf. Lc. 24, 13 – 32). La Eucaristía es la manifestación de esa presencia de Jesús, cada vez que se dicen sus palabras: “Este es mi cuerpo”.

Los discípulos tras el encuentro personal con Jesús lo dejaron todo, lo apostaron todo y lo siguieron (cf. Mc. 1, 16 – 20). No quedaron indiferentes, su vida se trasformó. Si las palabras de Jesús conmovían, sus gestos arrastraban a la multitud. El encuentro con él marcaba profundamente sus realidades (Torres Queiruga, 2008).

En esos acercamientos Jesús palpó realidades que eran contarios a los preceptos legales de la época, por ejemplo, tocar leprosos (Mt. 8, 2 – 4), comer con las manos impuras (Mc. 7, 1 – 5), tocar cadáveres (Lc. 7, 11 – 15), entre otras. Jesús propone nuevos valores y los llena de sentido real. Es precisamente lo que sucede con este sacramento eucarístico. Nuevamente Jesús se asoma a nuestras vidas y nos propone su vida como modelo de entrega, de compromiso, de donación. La vida adquiere más sentido cuando se entra en relación con los otros.

Eucaristía: escuela discipular

Jesús se definió a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Invitó a un grupo de hombres a seguirle (cf. Mt. 4, 18 – 22; 19, 21) y durante ese tiempo de permanencia con él se dedicó a instruirles y se hizo el servidor de todos al punto de lavarles los pies. Dio ejemplo para que sus discípulos pudieran tener un referente a quién seguir y se hizo tan cercano que enseñó y testimonió que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn. 15, 13).

La última cena o Institución de la Eucaristía fue la mayor lección. Una lección centrada en el amor y la entrega. “La eucaristía hace la Iglesia” (Ferrer, 2001, pág. 243), pues ella reúne a la comunidad discipular y es el mismo Cristo quien los congrega. Allí se va para confrontar la propia vida con sus enseñanzas; en torno a esta mesa se es discípulo y saliendo de ella se es misionero (cf. Mt. 28, 19 – 20). Es la doble dimensión del Banquete eucarístico: compromiso personal, es decir, con la propia vida y compromiso hacia los demás.

Cada sacramento es un camino pedagógico que nos enseña haciendo, diciendo, conmemorando, festejando y la eucaristía como “pan verdadero dado por el Padre” (cf. Jn. 6, 23), nos desafía a convertirnos en eso que recibimos (Neri, 1998); es decir, personas eucaristizadas, completamente cristificadas.

Eucaristía: sacramento de salvación integral

La presencia de Jesús en la eucaristía nos hace partícipes, aquí y ahora, de realidades que nos trascienden y a su vez estas realidades envuelven toda la vida sin dejar por fuera ninguna de sus dimensiones (Albarracín, 2006). La eucaristía exige una confrontación de la propia vida ante el misterio de Cristo entregado, donado, vaciado, despedazado por la vida del mundo.

Se hace sacramento de salvación integral y de vida eterna porque “el misterio «creído» y «celebrado» contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana” (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Post-sinodal Sacramentum Caritatis, n. 70), de esto se desprende que al acercarnos al Cuerpo y la Sangre de Cristo y al participar de este misterio se obre una: transformación personal por la conversión que implica, si se participa sinceramente, si se escucha con actitud de acogida de la Palabra, si se está dispuesto a cambiar según la ley y el don de Dios. Porque entonces se transforman el corazón, las intenciones, las actitudes, los actos…” (Borobio, 2000, pág. 397).

Podemos afirmar que la recepción de la mesa eucarística nos purifica, diviniza, renueva, vivifica, une a Cristo (Neri, 1998; Borobio, 2000), nos lleva a vivir una completa y radical unidad, amor y entrega ya que “no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae hacia sí » (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Post-sinodal Sacramentum Caritatis, n. 70), somos asumidos en la vida plena y completa de Dios.

La realidad de los jóvenes

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe llevada a cabo en Aparecida, Brasil, en el 2007, dedicó cinco numerales donde trata específicamente el tema de los adolescentes y los jóvenes (DA. 442 – 446), aunque hace mención de ellos en otras partes del documento. En ellos, se enumeran algunos elementos que inciden en la realización de sus proyectos personales y a la vez se alienta a acompañar más y mejor esas realidades juveniles (cf. CELAM, 2007, págs. 226 -229).

Los jóvenes viven inmersos en una maraña de posibilidades de realización y al mismo tiempo de autodestrucción; por ello, es importante impulsar acciones pastorales que les lleven a “una experiencia de amistad con Jesús” (DA. 442), para que logren dar pleno sentido a su vida. La realidad juvenil requiere orientación y la Iglesia ha de acogerles. Los jóvenes creen más a quienes son testigos, a quienes han tenido experiencia; los jóvenes son más prácticos que teóricos.

Al volver la mirada hacia la realidad de los jóvenes esta está permeada por su ambiente familiar, muchos de los cuales están en completa crisis lo cual “les produce profundas carencias afectivas y conflictos emocionales” (DA. 444), a esto se le suma la pobreza, el uso de sustancias psicoactivas, la participación en bandas delincuenciales, la educación de baja calidad, el suicidio, el alcohol, la prostitución, la migración, el abuso de los medios de comunicación, entre otros (cf. DA. 443), no todos los jóvenes viven esta situación, pero sí un número considerable, lo que hace que desdibujen su integralidad y su dignidad como personas. “Los jóvenes constituyen una realidad desafiante, variable y compleja” (Movilla, 2002, pág. 746)

Los jóvenes y la Eucaristía

¿Cómo unir la vida de los jóvenes con lo que anteriormente se hizo mención acerca de la eucaristía como escuela discipular, sacramento del encuentro y de salvación integral? “Los jóvenes buscan el sentido de su vida en comunidades que los apoyen, los inspiren, que sean auténticas y abiertas: comunidades que les empoderen” (Oficina de prensa de la Santa Sede, 2018), pero ¿qué descubren cuando participan de la vida eclesial en nuestras celebraciones eucarísticas? Por eso es necesario escuchar sus inquietudes, acoger sus observaciones y brindar un mejor acompañamiento pastoral (Castillo, 2010).

La eucaristía ha de ser el centro vital en torno al cual se reúnan los jóvenes para alimentar su fe, su vida, su capacidad de amar y de servir, su esperanza y su entusiasmo (cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine, 2004); sin embargo, los jóvenes ven en la praxis sacramental algo que les es impuesto por sus padres o abuelos y muchas veces no tiene que ver con sus proyectos personales. Este espacio litúrgico-celebrativo ha de confrontar los sueños y esperanzas más profundas de los jóvenes y al tiempo ha de desafiar a seguir la propuesta de Jesús de donar y entregar la vida por los demás. La eucaristía se debe convertir en una experiencia de encuentro con Jesús, que renueva la vida personal y edifica la comunidad (Covarrubias, 2002). La eucaristía ha de ser ese punto focal que los saque de la tibieza, de la indiferencia, de lo aburrido, de la pasividad (Hernández C. S., 2013) y lleve a los jóvenes a replantearse la manera como han proyectado sus vidas y su experiencia de fe.

Conclusiones

A partir de lo hallado mediante la encuesta se presentan temas puntuales como lo son la pastoral catequética y la pastoral juvenil. Se hace necesario acompañar los procesos de maduración de la fe de los jóvenes que se preparan en las catequesis presacramentales y no desligar ninguna de las etapas. Los procesos han de ser continuos, coherentes y experienciales, que impliquen la vida de los jóvenes y los lleven a descubrir la vocación a la cual el Señor los ha llamado.

No basta con enseñar, hay que testimoniar, hay que mostrar que eso que se dice creer se hace operante, se hace visible, se hace vida, en otras palabras, hay que encarnar el evangelio. Los jóvenes necesitan testimonios claros y sin ambigüedad que los desafíen. Si ellos los encuentran, se convierten en testimonios para otros jóvenes y de esta manera hay compromiso. La iniciación cristiana ha de abarcar toda la vida, no por pedazos ni por momentos y debe arrastrar a compromisos concretos en la vida de fe que se desarrolla cotidianamente enraizado con el proyecto personal.

Queda evidenciado que la iniciación cristiana adolece de continuidad y ha caído en una mera preparación inmediata al sacramento que se va a recibir. Hay que proponer a Jesucristo como un modelo de integración, identificación y unificación de la persona. La preparación presacramental raramente vincula dimensiones importantes como la humana, la espiritual, la bíblica, la pastoral o la social. La doctrinal está pero muestra hasta qué punto hemos tergiversado esta dimensión.

La experiencia de fe no se reduce a meros ritos que en nada impactan la vida de los jóvenes. Hay que callejear la fe, es decir, sacarla de los espacios cúlticos y llevarla a la cotidianidad, ser otros cristos que pasan por el mundo haciendo el bien, comunicando la buena nueva del reino y manifestando desde lo ordinario la presencia transformadora, liberadora y salvadora del Señor.

Los jóvenes no son agentes pasivos de la realidad evangelizadora, por el contario, son los protagonistas. No son el futuro de la Iglesia, son el presente y en la medida que se les haga parte de los procesos eclesiales, las distintas comunidades se verán renovadas y se convertirán en referentes para otros jóvenes. Hay que abrir las puertas de las comunidades para que “huelan a jóvenes” y, de esta manera, desmontar la idea que ellos tienen que esto de la eucaristía y de la Iglesia es “para los abuelos”.

La iniciación cristiana como sacramento de salvación integral ha de conducir a los jóvenes a encontrar en Jesús el referente de una vida asumida y desgastada por la vida de la comunidad; de una vida completamente llena de sentido y felicidad, de una vida asumida como resultado de la opción realizada, al tiempo que reconocen en él al Hijo de Dios y se llega a profesar como lo hizo el apóstol Tomás “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20, 28).

La iniciación cristiana ha de formar auténticos discípulos que saben dar cuenta de lo que creen porque lo profesan, lo viven, lo celebran, lo experimentan. Ya se debe superar el dar cuenta memorísticamente. El mundo necesita signos evidentes de que vale la pena apostar por el evangelio y vivir según la propuesta que allí se encuentra, apoyados por los sacramentos que van moldeando ese proyecto de vida en consonancia con la propuesta de Jesús y que tiene como base la experiencia, el testimonio de vida y la relación con la comunidad.

Referencias bibliográficas

  1. Catecismo de la Iglesia Católica. (2000). Bogotá: San Pablo.
  2. Concilio Ecuménico Vaticano II. (2006). Bogotá: San Pablo.
  3. Biblia de Jerusalén. (2009). Bilbao: Desclée De Brouwer.
  4. Evangelizar a los jóvenes hoy. (2012). Ciudad del Vaticano: Editrice Vaticana.

 

07 July 2022
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