La Evaluación En Colombia: Un Paso A La Modernidad

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En este artículo se analiza cómo las políticas educativas en nuestro país están íntimamente relacionadas con un proyecto moderno; el desarrollo que la modernidad plantea está poco aterrizado a la realidad colombiana, es entonces, que conflictúan intereses y se presentan problemas de toda índole; la educación es vista en esta perspectiva, como el principal motor ideológico de difusión y a la evaluación como un medidor de los logros y fracasos que trae la modernidad. El docente se convierte en un reproductor de la concepción de evaluación que tienen las políticas educativas, generando que tanto él, como sus estudiantes, tengan una visión limitada de lo que es verdaderamente la evaluación.

Cuando se habla de evaluación la primera imagen que se viene a la cabeza son grandes cuestionarios, preguntas de toda índole, hojas en blanco y supervisores fiscales; en definitiva, lo que consideramos evaluación, tanto docentes como estudiantes, nos produce sentimientos de ansiedad y presión constante. Sin embargo, para evitar confusiones, conviene hacer un análisis exhaustivo de este término que ha permanecido por mucho tiempo en la escuela pero que muy pocas veces, se ha analizado por estar contenido única y exclusivamente en el aparataje académico-administrativo de toda institución. 

Por consiguiente, este articulo trata de analizar cómo la política educativa en evaluación afecta las prácticas cotidianas en el aula, y también, la concepción que de ella se tiene en estos ámbitos. No trato de definir nada, ya que, las respuestas poco resuelven, sino que, por el contrario, intento articular mí experiencia docente a analizar y a hacer preguntas acerca de un elemento que considero esencial para la transformación de la realidad educativa. Estamos inmersos en un mundo “evaluativo”; la educación se constituye como un elemento vano que nos permite aprobar o no un examen; creemos que la aprobación garantizará nuestro éxito, y es tanta, nuestra sed de “pasar” que muy imaginativamente, se crean centros que prometen hasta “devolverle su dinero” si el adiestramiento no produce los fines esperados: preicfes, preuniversitarios y fundaciones surgen de esta poca claridad conceptual, en donde anudamos los términos evaluación, examen y calificación, como si fueran exactamente lo mismo, no obstante, poco nos interesa la claridad epistemológica, con tal de poner nuestros nombres en el “ranking” de los primeros puestos y vanagloriarnos con ello, como si eso garantizara lo que aprendemos o lo que somos. En resumen, si poseemos una rigurosidad y asumimos el reto de hablar de evaluación hay que distanciarse de esos espejismos cotidianos y mirar más allá ir, como diría House, al contexto de constitución, es decir, a la génesis de la misma y esta génesis, nos remite irremediablemente a las políticas educativas que operan en Colombia.

Todo país posee unas particularidades en sus políticas, sin embargo, éstas no pueden estar desconectadas del mundo que cada vez está más globalizado, por ello, se constituyen reformas en donde priman orientaciones de política internacional, se trata entonces, de que el país salga del “atraso” adquiriendo esquemas de afuera, en donde se les ofrece la fórmula mágica para dejar sus modos de operación triviales o desligados de las novedades mundiales; se inicia así, un proyecto moderno que le permite, a los países subdesarrollados, entrar en las autopistas del progreso; en palabras de Larraín: “La mayoría de los políticos latinoamericanos parecen no tener ninguna duda que América Latina debe desarrollarse siguiendo el modelo de Europa occidental y Estados Unidos y que para esto, es necesario introducir una serie de modernizaciones, tanto en la economía misma como en el aparato estatal”.

Estas modernizaciones, tratan de exportar ideas y proyectos de otros países, ya que, no se puede estar en el hermetismo sino que, por el contrario, en la constante apertura; de este modo, las políticas educativas son modificadas para adaptarse a las exigencias del mundo, porque sino son reformadas, estaríamos destinados al atraso, o lo que es peor, al fracaso. Se fuerza, con ello, la realidad para que encajen en estas políticas, se desconocen las particularidades de los países para entrar en tendencias reduccionistas y envolventes cuya única meta es el progreso de todas las naciones, no obstante, lo que se considera progreso, en estos proyectos modernos, esta íntimamente relacionado con lo económico, es decir, se tiene la falsa idea que los únicos problemas que tienen los países subdesarrollados son el dinero y las deudas extranjeras, desconociendo unas riquezas mucho más valiosas que la liquidez monetaria, como lo son: la cultura, la identidad y la multiculturalidad que nos caracteriza, pero esto no es importante, se quiere, a toda costa, borrar con el pasado porque, en esta perspectiva, posee una connotación negativa y nos dedicamos a entrar en la ensoñación de que el futuro será mejor; sin embargo, la realidad nos demuestra que el futuro solo consiste en vacías promesas de cambio, equidad y razón.

En resumen, actualmente las políticas se dirigen más a la economía que al bienestar de la sociedad. La economía lo absorbe todo, la libertad, la creatividad y hasta dicta cómo debería ser la educación, en palabras, del Banco Monetario Internacional: “La educación debe poseer criterios de cobertura, eficacia, pertinencia y equidad”; esclaviza con todo esto, los intereses y valores propios que tiene la educación y la convierte en un verificador del desarrollo que trae la modernidad. La educación se transforma en el principal aparato ideológico para llevar las ideas modernas y la evaluación en un instrumento que permite “medir” que tan bien se esta haciendo, en otras palabras, la evaluación es el termómetro que dice si se esta cumpliendo o no con los estatutos que tienen las políticas educativas y tras de éstas, la modernidad.

Esta evaluación, que en los últimos años ha operado en nuestro país, esta más al servicio de la burocracia que a la educación misma: “emerge la evaluación por rendición de cuentas como actividad técnica indispensable, para la toma de decisiones económicas, dando a la evaluación el sentido estratégico de medición”. Estas mediciones están hechas con exámenes a gran escala en donde se dice públicamente que la educación esta mal, que Colombia se encuentra de último a nivel mundial y que estamos todo el tiempo en dificultades, sin embargo, estos “diagnósticos” por surgir de la estadística y no de la educación no nos dicen cómo podemos superar esta crisis que diariamente vemos en los encabezados de los periódicos, en donde, se pone en tela de juicio la labor del educador y se mancha la imagen, de por si maltratada, de los maestros que diariamente se enfrentan a contextos diversos y a realidades complejas.

En suma, la evaluación actual se encuentra llena de demonios, puesto que, se encuentra al servicio de la economía para fiscalizar y enjuiciar la labor del docente y es que, la evaluación se transformo en un aparato para la dominación, el control y la opresión; los evaluadores tienen, en este enfoque, el rol de encasillar al docente, decirle lo que tiene que hacer y castigarlo sino cumple con unos estándares previamente hechos; todo esto opera dentro de un marco de dominación legal, en el cual, según Weber busca la sumisión y obediencia a la norma. Lo anterior, tiene repercusiones dentro del sistema educativo Colombiano, ya que, a nombre de la calidad, la eficiencia y la eficacia se premia a lo que se ajusta y se amputa o se deshecha, a lo que no cumple; como si toda una comunidad educativa fuera un engrane más del aparataje del gobierno. 

Resulta entonces, interesante ver que la evaluación actual es punitiva, mide a todos con “la misma vara”, como si todas las escuelas compartieran la misma realidad, lo importante, en esta clase de evaluación, es la exclusión, decir, quienes son aptos y quienes no; encasillar a un ser humano en una nota, señalarle cuáles son sus errores pero no sugerirle cómo se pueden superar, en definitiva, juzgar y prender las alarmas de “crisis”; una evaluación que en vez, de ser cambiante, se vuelve inválida y obsoleta, ya que, no actúa sobre la realidad educativa y trata a los sujetos como objetos; una evaluación así, en palabras de Díaz Barriga: “No tiene en cuenta los procesos de formación en valores, de formas de pensamiento, de constitución de personalidad, ni de los bienes culturales de un país o región”. A veces consideramos fiable e irrefutable, aquella evaluación que justifica su seriedad y rigurosidad en la estadística, sin embargo, esta clase de evaluación posee una visión reduccionista en la que no se tienen en cuenta las personas que componen todo el universo simbólico de la escuela y lo más grave, se ve la evaluación como un momento de extrema tensión para “dar cuentas” y no se visibiliza su dimensión transformadora, como una oportunidad en la que: “el individuo genere un grado de conciencia, establezca objetivos y se desarrolle”. 

La evaluación va más allá de un control de lo aprendido en el aula de clase, se trata más bien, de la capacidad del ser humano para establecer criterios de mejoramiento, ver su propia actuación y tener la capacidad de “hacer algo” por perfeccionarlo, porque, erróneamente se cree que la evaluación se hace al final, y por el contrario, debe acompañar todo el proceso para dirigirlo, encaminarlo y darle el sustento. Y es ahí, en el sustento, donde se encuentra la piedra angular, las prácticas evaluativas obedecen más a la inercia que a una reflexión seria, en palabras de Álvarez Méndez  “la urgencia, lleva con demasiada frecuencia a preguntar cómo hacer la evaluación, antes de averiguar o reflexionar sobre el porqué y el para qué de la misma” y mientras, no nos preguntemos esto, la evaluación no trascenderá del instrumentalismo que actualmente vive. Los docentes vivimos en constante miedo: a perder el empleo, a no dar la “talla”, a ser considerados inhábiles y con ello, a ser excluidos en el escalafón docente ; estos miedos a la rendición de cuentas hacen que nuestra visión de la evaluación sea estrecha y obsoleta. 

Así como constantemente, nos hacen llenar cientos de pruebas para desbancarnos de la carrera docente; nosotros también, hacemos rendir cuenta a los estudiantes; llenamos bancariamente a los estudiantes y usamos la evaluación como “extractor” de esos contenidos que impartimos, sancionando y excluyendo a los que no den correctamente los conocimientos que les brindamos; esto, obviamente, genera dudas y vacíos en el aprendizaje. En consecuencia, las políticas en evaluación afectan a toda la comunidad educativa, los docentes, por miedo a perder sus empleos, educan más en los caprichos del mercado que en los valores mismos; negando con ello, todos los beneficios que la evaluación trae para la transformación social profesional y por qué no, y para la vida misma. Se requiere entonces, poseer una visión crítica acerca de la evaluación, un compromiso social por generar prácticas en el aula, fuera de la inercia y la tradición. La evaluación debe partir por iniciativa propia y no empaquetada por evaluadores que poco les interesa el contexto, el estudiante y mucho menos las particularidades únicas de la escuela.

Bibliografía

  • Álvarez Méndez (2001) Evaluar para conocer, examinar para excluir. Morata.
  • Banco Mundial (1996). Prioridades y Estrategias para la Educación: Examen del banco mundial. Washington. Banco Mundial.
  • Díaz Barriga, A (2000) Evaluar lo académico. Organismos internacionales; nuevas reglas y desafíos. Evaluación académica; México. CESU-FCE.
  • Freire, P. (1970) Pedagogía del oprimido. México, Siglo XX.
  • House, E. R. (1997). Evaluación, ética y poder. Madrid: Morata.
  • Larraín, J (1996). Modernidad, razón e identidad en América Latina: Andrés Bello.
  • Millman y Hammund (1997) Manual de evaluación del profesorado. Muralla.
  • Morín, E. (1993) Tierra Patria. Kairos.
  • Niño, L.S (1998) Currículo y evaluación y sus relaciones en el aprendizaje. Pedagogía y Saberes.11.
  • Niño, L.S (2001) Las tendencias predominantes en evaluación docente. Opciones Pedagógicas 24.
  • Puiggrós, A. (1994) Imaginación y crisis en la educación Latinoamericana; Buenos Aires, Aike.
  • República de Colombia (1994) Ley 115 de 1994 o General de Educación. Bogotá.
  • Rodríguez, A (2002) La educación después de la constitución del 91 de la reforma a la contrarreforma. Bogotá. Cooperativa Editorial Magisterio. 
24 May 2022

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